¿Cómo reconocer la sintiencia?

Primera versión: Ene. 2016 / Actualizado: Ago. 2017

English version

Todos los argumentos que se emplean para reconocer la sintiencia están basados en algún tipo de “parecido” o “cercanía” con uno mismo: mismo aspecto, mismo comportamiento, parecido o cercanía genética / evolutiva, misma utilidad, misma necesidad. Todos son “parecidos”. Así es cómo reconocemos, de hecho, la sintiencia en otros seres. ¿Por qué lo hacemos así? La respuesta está en “el principio de la farola encendida”. Lo hacemos así porque podemos hacerlo así. Si hemos perdido las llaves en la calle, de noche, primero las buscamos donde hay luz, porque donde hay luz, podemos ver. Esto no quiere decir que debajo de la farola sea el lugar más probable donde estén las llaves. En cambio, debajo de la farola es el lugar más probable donde podremos encontrar las llaves.

 

¿Qué es sentir? ¿Y quiénes son los seres que sienten? Este asunto tiene una importancia urgente desde que somos capaces de ser considerados con los animales, y desde que estamos cerca de crear sintiencia en máquinas. Es decir, estamos cerca de crear de alguna forma “animales sintientes” desde cero -no evolutivos-.

 

Planteamiento práctico

La primera aproximación es práctica y cortoplacista. Necesito emplear, hoy, ahora, la mejor de las interpretaciones que tengo para identificar quiénes son los seres que sienten y poder considerarles moralmente. Para ser justo con ellos.

La mejor respuesta que tengo es que los animales con sistema nervioso central, es decir con algún tipo de “cerebro” (pueden ser varios cerebros, y no tienen por qué ser muy grandes), son los seres que sienten. Y que la intensidad con la que son capaces de sentir es proporcional a la complejidad típica de su capacidad de reacción ante el sistema de recompensa y castigo que supone la sintiencia.

Es decir, considero que ciertos tipos de seres (por ejemplo, ciertas especies) son típicamente capaces de sentir tanto más dolor o placer en función de la diferencia que pueda suponer dicha motivación en la consecución de los objetivos intrínsecos (evolutivos) que dirigieron la construcción de dicho ser, los cuales son la conservación de la vida y la reproducción de la especie (la reproducción de los genes).

Parto de la suposición de que en la evolución, las especies lograron adquirir sintiencia inicialmente de una forma muy tenue, y a partir de aquel momento las especies evolucionaron adquiriendo cada vez más sintiencia.

Si determinada especie, al sufrir más, se esforzase más por conservar la vida y reproducirse (y fuera más exitosa por esta razón), es plausible que dicha especie evolucionara adquiriendo mayor sintiencia. Y con el placer ocurre lo mismo, siendo la única diferencia que el placer es adecuado para motivar a hacer algo concreto y el dolor es adecuado para motivar evitar algo concreto[1].

Si por el contrario para dicha especie llegara un contexto evolutivo en el que mayor placer y dolor fueran un inconveniente para solucionar los problemas, la adquisición de sintiencia se detendría evolutivamente e incluso retrocedería. Si placer y/o dolor fueran irrelevantes para solucionar los problemas, la sintiencia sería arbitraria. Podría haber o no, mucha o poca.

 

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Revisión de los fundamentos de la reflexión sobre la sintiencia

Esta primera aproximación del asunto es la que empleo personalmente. Sin embargo, bajo la segunda aproximación que propongo de este asunto, el planteamiento anterior se basa en algunos fundamentos que no son del todo sólidos.

En mi opinión, todo el avance científico de los últimos siglos, el cual ha producido a su vez un impresionante avance tecnológico, está construido sobre un sistema filosófico con grandes carencias y oportunidades de mejora.

Hasta que nos hemos tropezado en serio con el asunto de la sintiencia, las carencias de nuestro sistema de filosofía científica no han resultado ser un gran problema debido al tipo de cosas que hasta ahora nos ha interesado investigar, que han sido las cosas materiales y las ideas.

Pero ahora nos encontramos en un contexto diferente. Somos capaces de plantearnos la consideración moral de los animales no humanos y de las máquinas. Debemos dar la respuesta correcta a la pregunta acerca de quién siente, y para ello es necesario replantearnos los cimientos del pensamiento.

Pido al lector que tenga un poco de paciencia para soportar esta pequeña incursión en la naturaleza de la realidad. Creo que es necesaria: mucha gente pregunta “¿está demostrado que los insectos sienten?” presuponiendo que la ciencia ofrecerá tarde o temprano pruebas irrefutables de la sintiencia o no de algo, lo mismo que predicciones del movimiento del los astros. Pero no. No en el estado actual de la ciencia y la filosofía científica. A veces, para fabricar nuevas cosas, necesitamos nuevas herramientas. La aproximación científica al asunto de la sintiencia requiere plantearnos algunos aspectos fundamentales (filosóficos) de la obtención de evidencia, sobre los que aún hay mucho desacuerdo y problemas terminológicos.

Voy a hablar de tres tipos de conceptos: materia, ideas y experiencias.

Nadie puede negar que al menos desde un punto de vista descriptivo, se trata de tipos de cosas diferentes. Nada tiene que ver el “tipo de cosa” de un gramo de oro, con los números primos, o el dolor de cabeza.

Muchos científicos consideran que de los tres tipos de realidades (de estos “tres mundos”) solo existe uno y ese mundo es el “material[2].

Están equivocados. La afirmación es falsa. Sin embargo, hay algo de verdad en ella, y tal vez lo que sucede es que tenemos un problema terminológico.

La frase “solo existe la materia” es falsa, pero tiene un parecido extraordinario con lo que ocurre en realidad, salvo por un factor muy relevante.

El único mundo del que tenemos conocimiento es el de la sintiencia (mundo de la experiencia). Yo siento. Experimento infinidad de cosas. Y esas experiencias conforman todo el mundo al que puedo acceder directamente. “Yo siento” es la única verdad de la que estamos completamente seguros. Despreciar este argumento llamándolo solipsista y diciendo que no nos lleva a ningún camino, es una falacia ad consequentiam. El hecho de que una verdad sea incómoda no la hace menos verdad. Lo cierto es que lo único que tengo es mi propio punto de vista.

El científico señala con el dedo la manzana sobre la mesa y dice que es un objeto real, y a continuación señala con el dedo su propia cabeza y dice “¿De qué forma mi cerebro se las arregla para representar esta manzana real en mi mente?”

Este planteamiento está totalmente equivocado.

Esa cosa que señalo, no es ninguna manzana real: Es la representación que mi mente tiene de la manzana. Ahora señalo a mi cabeza. Esa no es mi cabeza. Esa es la representación mental que mi mente tiene de mi cabeza. Ahora salgo de casa. Veo el campo, los árboles, la luna y las estrellas. Abro los brazos, miro a mi alrededor y digo “todo esto, es mi mente”. Eso es correcto. Lo que llamamos universo, es mi mente.

Por si hubiera alguna duda, las personas que sufren una amputación habitualmente se quejan de dolor en el miembro que ya no existe. Lo que llamamos “mi pie derecho” es una representación mental en el cerebro. El zapato también. El universo también.

Ésta es la verdad incómoda que la mayoría de los científicos no quiere reconocer, ya que hace tambalear todo su sistema de pensamiento y por tanto parece que “no conduce a nada”, pues complica extraordinariamente cualquier avance.

Es hora de dejar de quejarse y asumir la realidad.

¿Qué ocurre entonces con los otros dos mundos, el material y el de las ideas? ¿Existen o no? Podemos decir que sí o que no, con estos matices:

Si decimos que existen tres mundos es porque experimentamos la existencia de tres tipos de cosas diferentes: materia, ideas y sensaciones. Pero las tres son experiencias. Como son tan diferentes, decimos que son tres mundos. De acuerdo.

Si decimos que sólo existe un mundo, ese mundo es el de la sintiencia (el de las experiencias). Todo lo que llamamos materia es la experiencia de algo que llamamos materia. Todo lo que llamamos información o ideas, es la experiencia de algo que llamamos información o ideas. Cada partícula de materia de la que tenemos conocimiento es realmente la experiencia de tener conocimiento de dicha partícula. Para no repetirnos y no alargar las expresiones, en vez de decir, “yo experimento la existencia de ese átomo de hidrógeno” podemos simplificar diciendo “ese átomo de hidrógeno existe”.

A continuación voy a analizar la respuesta a la pregunta sobre cómo reconocer la sintiencia, teniendo en cuenta la reflexión anterior.

 

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¿Quién siente? ¿Y cómo reconocerlo?

En mi opinión, la sintiencia la reconocemos mediante una serie de mecanismos que enumeraré a continuación.

  1. Yo siento
  2. Aspecto similar
  3. Comportamiento similar
  4. Mismo origen (evolutivo)
  5. Proximidad genética
  6. Utilidad evolutiva

 

Evidencia máxima: [1.] Yo siento

“Siento, luego existo”

 

¿Cómo reconocer cuáles los seres que experimentan placer y dolor? Empecemos por lo más básico. Mi propia capacidad de experimentar sensaciones es un hecho. Todo lo demás puede considerarse hipótesis más o menos fiable.

“Yo siento”. Cada uno de nosotros tiene una absoluta seguridad acerca de su propia capacidad de experimentar placer y dolor. “Yo siento” es evidente. ¿O acaso podría no serlo? ¿Y si la sintiencia fuera una ilusión? Al fin y al cabo ¿que es “yo”? ¿Y si el “yo” fuera una ilusión?

El “yo” parece un concepto dinámico, continuo: llamamos “yo” a aquello que va desde mi concepción hasta mi muerte. Sin embargo, el “yo” es “ahora”: Mi “yo” de hace quince o cuarenta años me resulta tan ajeno como un familiar muy cercano. Podría verme y no reconocerme, como quien ve una fotografía antigua de sí mismo.

¿Y si todos mis recuerdos de placeres y dolores pasados fueran falsos? Esa es la hipótesis D5 en el mapa de alternativas existenciales de la experiencia sintiente. ¿Y si además, ahora mismo, no sintiera nada de nada?

Si bien pudiera parecer que no lo hago todo el tiempo (el sentir), más bien, lo que ocurre es que no soy continuamente consciente (o más bien, no soy plenamente consciente) de estar experimentando alguna sensación. La mayor parte del tiempo, afortunadamente, no pienso en ello (o pienso más en otras cosas que en mis propias sensaciones).

Si en el momento de leer este texto, el lector está sintiendo algún tipo de placer o dolor, ahí tiene la prueba de “yo siento”. En caso contrario, puede hacer consciente alguna sensación por tenue que sea. Por ejemplo, concentrarse en el acto de comer o respirar (como actividad placentera) o en alguna parte del cuerpo que moleste aunque sea mínimamente.

En resumen, independientemente de lo que entendamos que es el “yo”, e incluso independientemente de que consideremos que “yo” es algún tipo de “ilusión”, hay un “alguien” que siente (una subjetividad: yo), y eso es un hecho.

Ya hemos encontrado el primer individuo que siente: “yo”. Continuemos.

 

 

Interpolación entre individuos: [2.] Aspecto similar y [3.] Comportamiento similar

“Si se parece a mí y se comporta como yo, sentirá como yo”

 

Hemos dicho que “yo siento” y que estoy completamente seguro de ello. Yo tengo infinidad de características o aspectos con los que podría describirme. Imaginemos que hacemos una lista de mis características. Entre ellas estará mi capacidad para sentir placer y dolor.

Ahora supongamos que me encuentro con otro ser que es parecido a mí. Mediante mis sentidos puedo captar multitud de características de este otro ser. ¿Sentirá placer y dolor? A medida que encuentre más y más características coincidentes entre ese ser y yo, podría considerar que otras características de las que no tengo conocimiento serán probablemente también coincidentes. Este razonamiento tiene tanto más peso cuanto más similitudes encuentre entre ese ser y yo.

Como analogía: también podemos listar todas las características del planeta Tierra, y en el caso de encontrar otro planeta para el cual todas las características que identifiquemos resulten ser similares a las de Tierra, podríamos concluir que otras nuevas características aún ocultas serán más probablemente similares a las de Tierra que si el resto de las anteriores características no hubieran coincidido.

Me parece que tiene sentido este razonamiento, que recuerda a la interpolación matemática y al método inductivo. Si ciertas características que vemos son coincidentes, es probable que otras que no vemos también lo sean.

Si hubiera crecido entre animales no humanos y nunca hubiera visto otro ser humano y de pronto viera uno, me quedaría impresionado de la cantidad de similitudes que tiene conmigo, y a medida que encontrara similitudes sin parar, supondría que otras características ocultas también lo serán con una alta probabilidad.

Si bien es cierto que todo esto por sí sólo tampoco ofrece una gran confianza. El planeta que descubramos podría darnos obviamente muchas sorpresas. Y al igual que el joven personaje Mowgli en la ficción “El libro de la selva”, cuando conoce al primer humano, la preciosa Shanti, los parecidos no proporcionan seguridad en ciertas características importantes: ella es una niña.

Sin embargo, podremos incrementar nuestra confianza en la sintiencia del otro ser al comprobar que posee precisamente aquel aspecto y comportamiento que en mi caso va a asociado (hay una correlación) con mi propia capacidad de sentir, y más si es ante los mismos estímulos.

Por ejemplo: no solo parece asustado y hace los mismos gestos y movimientos que hago yo cuando estoy asustado: es que también los hace precisamente a continuación de recibir los mismos estímulos que me asustan a mí.

Cuando se da esta combinación, asignamos aun mayor probabilidad a la experiencia subjetiva sintiente del otro.

Ahora bien, siguen estando abiertas otras posibilidades:

  • Que los otros seres no sientan, aun siendo de aspecto similar y comportándose de forma similar ante los mismos estímulos. Debemos admitirlo como posible, aunque muy poco probable: fruto de un engaño deliberado o de una gran casualidad.
  • Que otros seres también sientan, aun cuando no sean parecidos, aun cuando no tengan comportamientos similares, aun cuando aquello que les pueda estimular sea totalmente diferente de lo que me estimula que a mí.

Esta segunda posibilidad es mucho más probable que la anterior. Debemos reconocer el riesgo de que esté ocurriendo aquí algo parecido al principio antrópico, lo que yo llamo “el principio de la farola encendida”: si voy por la calle y de noche pierdo las llaves del coche, primero busco debajo de la farola ¿Por qué? Porque ahí hay más luz.

Asignar mayor probabilidad a la experiencia sintiente a seres más a parecidos a nosotros es correcto, pero me parece algo injusto para los seres que son bien diferentes. Si una hormiga hiciera las mismas reflexiones, podría concluir que un pulgón es seguramente tan sintiente como ella, la hormiga. Y a los humanos y a los osos podría considerarnos no sintientes, por ser demasiado grandes, o incluso no considerarnos ni siquiera “seres” sino más bien “fenómenos”.

Me parece honesto reconocer que pueda haber “seres” más “grandes” que nosotros los humanos a quienes consideramos “fenómenos” y si el sensocentrismo gradualista nos inclina a pensar que la hormiga es sintiente, pero menos que nosotros, esta analogía debería hacernos reconocer la posibilidad de la existencia de seres mucho mas sintientes que nosotros, cuya naturaleza no entendemos bien. Es el caso de las posiciones A11 y C2.2 del mapa de alternativas existenciales de la experiencia sintiente.

¿Cómo afinar aun más las probabilidades? Al igual que cuando interpolamos valores en una serie matemática, conocer el significado de la serie será de mucha ayuda para asignar probabilidades a los valores interpolados. Es decir, me interesa conocer más acerca de ese otro individuo que se me parece. La pregunta relevante ahora es la siguiente: “¿Por qué se parece a mí?”

 

 

Interpolación entre especies: [4.] Mismo origen (evolutivo) y [5.] Proximidad genética

“Si ha sido creado como yo, sentirá como yo”

 

Si dos cosas son similares, es razonable considerar la posibilidad de que tienen un mismo origen, que hayan sido creadas a partir del mismo “molde”.

Afortunadamente, tenemos buenas teorías acerca de quiénes somos y de dónde venimos los seres vivos, y de entre ellos, los animales, y de entre ellos, los seres humanos, y de entre ellos, yo. Y también tenemos buenas teorías acerca del origen de los planetas.

La teoría de la evolución es una buena explicación de nuestro origen (el de los seres vivos, el de los animales, el de los humanos, el mío).

La teoría de la evolución maneja el concepto de especie, que si bien es un concepto algo difuso, sin límites bien definidos, me sirve para identificar a muchos seres cuya apariencia y comportamiento es similar al mío, como “iguales a mí” por pertenecer a la misma especie (la mía).

Además, la teoría de la evolución incluye el concepto de proximidad genética. El estudio del genoma nos da pistas acerca de si por ejemplo estamos evolutivamente más próximos al ratón que a la vaca.

Por tanto si al argumento del “aspecto similar y el comportamiento similar”, sumo el argumento de pertenecer a la misma especie (por tener el mismo origen evolutivo) o pertenecer a una especie diferente, pero relativamente próxima evolutivamente/genéticamente, tanto más seguro estaré de la capacidad de sentir de ese otro ser.

Éste es por tanto un mecanismo para reconocer la sintiencia, complementario al anterior y basado en parecidos (“cercanías”) entre especies. En resumen: dado que yo siento, y tengo una buena teoría acerca de mi propio origen, pienso que seguramente también sientan, y lo hagan de forma parecida, otros seres con origen evolutivo (y origen evolutivo similar) y tanto más cuanto más próximos (parecidos) a mí sean, genéticamente hablando.

 

 

Utilidad o necesidad: [6.] Utilidad evolutiva

“La evolución va probando cosas y se queda con las que sirven para algo”

 

Hasta aquí hemos presupuesto la sintiencia en seres parecidos a mí, ya sean parecidos más evidentes (aspecto, comportamiento) o menos evidentes (origen evolutivo y proximidad genética). Mediante un razonamiento similar a la interpolación o la inducción, establezco una regla general a partir de casos particulares. En el primer caso (“Aspecto similar y Comportamiento similar”) a partir de casos particulares de propiedades de tipo “aspecto” y “comportamiento” que se parecen a los míos, establezco una regla general, presuponiendo otra propiedad, la sintiencia, en dicho individuo. En el segundo caso, (“Origen evolutivo y Proximidad genética”) incluyo la teoría de la evolución y aplico un razonamiento similar al anterior, también basado en la cercanía y el parecido, pero en vez de aplicarlo interpolando propiedades entre individuos como he hecho en el primer caso, en este segundo caso lo aplico interpolando propiedades entre especies, teniendo en cuenta las distintas posibilidades en relación al origen de ambos individuos (yo y el otro), de forma que, por ejemplo, si la especie del otro es parecida (cercana) a la mía, supongo que sentirá de forma parecida a la mía, tanto más cuando más parecida/cercana sea su especie en relación a la mía.

A medida que aplicamos estas técnicas para identificar la sintiencia en otros individuos, podemos encontrar una serie de aspectos coincidentes, una suerte de correlaciones: los individuos a los que llamo sintientes tienen ojos, tienen un cerebro, muestran un comportamiento inteligente, parecen conscientes de sí mismos, se reconocen en un espejo, etc.

Ahora vamos a ver que ni quiera hace falta ser parecidos o “próximos” en aspecto o en especie. Es suficiente con ser “parecidos” o “próximos” en cuanto a la utilidad de la sintiencia.

Vamos a dar un paso más y utilizando de nuevo la teoría de la evolución, profundizando en el motivo de la sintiencia: ¿es útil? ¿Sirve para algo? Es muy posible que así sea. Asumiendo esta hipótesis (muy popular) podríamos considerar que en el caso de todos los tipos de seres para los cuales la sintiencia pudiera ser relevante, ésta se haya visto seleccionada evolutivamente, y por tanto sean sintientes.

Así ocurre en el caso del pulpo, que es un ser muy inteligente, lo consideramos muy sintiente y sin embargo es muy diferente de nosotros, en cuanto a aspecto, comportamiento y distancia evolutiva.

 

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Valoración crítica de los argumentos

Todos los argumentos mencionados están basados en algún tipo de “parecido” o “cercanía”: mismo sistema nervioso central, mismo aspecto, mismo comportamiento, parecido o cercanía genética / evolutiva, misma utilidad, misma necesidad. Todos son “parecidos”.

Así es cómo reconocemos, de hecho, la sintiencia en otros seres: mediante el parecido. ¿Por qué lo hacemos así? La respuesta está en “el principio de la farola encendida”. Lo hacemos así porque podemos hacerlo así. Buscamos las llaves donde hay luz, porque donde hay luz, podemos ver. Esto no quiere decir que debajo de la farola sea el lugar más probable donde estén las llaves. En cambio, debajo de la farola es el lugar más probable donde podremos encontrar las llaves.

Con los argumentos que he expuesto, demostramos razonablemente la existencia de la sintiencia de ciertos seres, pero no demostramos la no-sintiencia del resto de seres. Es posible que en el futuro encontremos nuevas evidencias de existencia de sintiencia que nada tienen que ver con las actuales, y que tal vez no estén basadas en el “parecido”. Por eso me parece tan importante prever todas las posibilidades de la sintiencia en el mapa, aun cuando actualmente la mayoría de ellas nos parezcan injustificadas y hasta ridículas.

 

 

Crítica al requisito del sistema nervioso central

En relación al requisito de “tener cerebro” para que exista sintiencia, mencionado en la primera parte (“Planteamiento práctico”), ocurre algo curioso. El cerebro es una masa nerviosa, neuronal, grande. Parece que cuanto más grande sea la masa neuronal, y más centralizada, mas sintiencia. Es decir, que el número típico de neuronas de cada especie es relevante, o al menos el ratio entre el tamaño del cerebro y el tamaño del cuerpo, para estimar la posible capacidad de sintiencia típica de los individuos de dicha especie. Sin embargo el cerebro no duele. No tiene receptores de dolor. ¿Dónde está el dolor entonces? ¿Dónde está la sintiencia? Lo que quiero destacar aquí son dos cosas, por una parte, una vez más, que la sintiencia tiene una existencia independiente del mundo material; y por otra, que cuando se habla de “sistema nervioso central” como requisito de la sintiencia, los defensores de esta propuesta se refieren en realidad a un sistema nervioso completo, que además, tiene un sistema nervioso centralizado.

Por lo general los defensores del argumento del sistema nervioso central asumen que “en ausencia de, al menos, un sistema nervioso centralizado, la consciencia no surgirá[3]. Es decir, si un ser no tiene cerebro, no siente. Pero yo creo que el argumento debería ser al revés: si existe un sistema nervioso centralizado funcionando, podemos afirmar con bastante seguridad que existe una consciencia/sintiencia. Pero si no existe un sistema nervioso centralizado, no podemos asegurar que la sintiencia no exista.

Un argumento que parece definitivo para defender que el sistema nervioso central es necesario para la consciencia es que si introducimos algo en dicho sistema nervioso central que lo “inhabilita” (por ejemplo, la anestesia antes de una operación), perdemos la consciencia y no sentimos nada. Yo creo que esto es así (salvo excepciones: por ejemplo podríamos imaginar una anestesia que inmovilizara el cuerpo y anulara los recuerdos, pero no evitara el dolor; después de la intervención, los pacientes dirían que no han sufrido nada, cuando lo que ocurre es que no lo recuerdan). En cualquier caso, decir que “sin un sistema nervioso central no hay consciencia” me parece una generalización apresurada. Es verdad que a nosotros, si nos inhabilitan el sistema nervioso central, perdemos la consciencia. Pero otros seres podrían adquirir conciencia de otras formas. Haciendo una metáfora entre “sentir” y “volar”: si a un pájaro se le mojan las plumas, pierde su capacidad de volar o ésta se ve disminuida considerablemente. Pero los aviones y los cohetes también vuelan, incluso con lluvia. Los aviones no tienen plumas y los cohetes no tienen ni siquiera alas. Y vuelan. Que nosotros adquiramos sintiencia gracias a nuestro sistema nervioso central no impide que otros seres adquieran sintiencia de otras formas.

 

 

Crítica al argumento de la utilidad evolutiva

Por lo general se asume que el placer y el dolor tienen un origen evolutivo o una explicación evolutiva, ya que producen motivación para lograr objetivos relacionados con la perpetuación de los genes, y esta motivación es útil. Cuando se piensa así, también se suele pensar que sin un contexto evolutivo no se puede generar la sintiencia. Voy a hacer tres críticas a esta idea.

  1. Efectivamente, si la sintiencia fuera útil evolutivamente, los seres con sintiencia se verían seleccionados. Pero tengamos en cuenta también que si la sintiencia fuera indiferente desde el punto de vista adaptativo, también podría existir. Hipótesis que suenan descabelladas, como decir que los átomos sienten un continuo placer o un continuo dolor; o que sienten una cosa u otra en función de ciertas propiedades físicas, por ejemplo, sienten placer al acercarse y dolor al alejarse entre sí, son perfectamente compatibles con el argumento evolutivo.
  2. Por otra parte debemos reconocer que aun suponiendo que la sintiencia produjera una mayor motivación, y la mayor motivación produjera una mayor aptitud, existen muchos casos en los que esto no es así. Para los seres humanos ha llegado un contexto evolutivo en el que comparativamente con otros mecanismos, mayor placer y dolor han perdido efectividad y eficiencia en cuanto a la resolución de problemas. El dolor es útil en muchos casos, pero en otros no. Por eso, además de por otros motivos, hemos desarrollado la anestesia. Afortunadamente tenemos la capacidad de orientar todo nuestro esfuerzo hacia quedarnos con el placer y la felicidad que hemos obtenido de la evolución, y eliminar totalmente el dolor y el sufrimiento, para nosotros y para el resto de especies animales.
  3. En tercer lugar, y esto es lo más importante, la afirmación de que “el placer y el dolor tienen un origen evolutivo” me parece precipitada porque introduce en la teoría de la evolución un elemento extraño, cuya naturaleza es totalmente diferente a la de los elementos que maneja la teoría de la evolución, sin explicar de dónde viene. No niego dicha hipótesis, me parece posible. Pero creo que requiere de una mayor reflexión. Parece que explica más de lo que explica.

Explicaré más este último punto. La evolución se produce cuando existen ciertos elementos básicos (de información) que se combinan y copian con errores en un contexto de escasez. La afirmación de que la sintiencia es consecuencia de la evolución, ya que es útil para que los individuos me parece una falacia de petición de principio de la siguiente forma:

  1. Premisa: Al adquirir sintiencia, los animales se ven favorecidos en aptitud.
  2. Conclusión: La sintiencia es (simplemente) resultado de la evolución.

La conclusión está contenida en la premisa, ya que ambas cosas significan en la práctica lo mismo. Sé que para muchos lectores esto resultará chocante, porque hay infinidad de ejemplos en los que este tipo de razonamiento es válido. Por ejemplo, me parece correcto:

  1. Premisa: Al adquirir ojos, los animales se ven favorecidos en aptitud.
  2. Conclusión: Los ojos son resultado de la evolución.

y también

  1. Premisa: Al adquirir alas, los animales se ven favorecidos en aptitud.
  2. Conclusión: Las alas son resultado de la evolución.

Sin embargo, los aviones también tienen alas, y estas alas no son resultado de la evolución, sino de un diseño inteligente intencionado. Los ordenadores tienen cámaras, que funcionan como “ojos”, también resultado de un diseño intencionado. No pretendo defender en este momento la idea que los animales han obtenido consciencia a partir de un diseño intencionado (cosa que por otra parte, es perfectamente posible), sino al contrario, que objetos creados con un diseño intencionado (robots) también pueden adquirir conciencia.

Desde un punto de vista estrictamente materialista, la evolución no existe, como tampoco existen los individuos ni las alas ni los ojos. Desde un punto de vista estrictamente materialista solo existen átomos, partículas, energía, electromagnetismo… ese tipo de cosas. Por supuesto, cuando mencionamos palabras como “átomos” o “partículas” estamos hablando de ideas (la idea de “átomo”, la idea de “partícula”) porque cuando nos comunicamos de forma escrita o hablada, lo que comunicamos son ideas, pero al hacerlo no nos referimos a las ideas por sí mismas, sino a los objetos materiales que ellas representan.

La teoría de la evolución maneja ideas tales como: “gen”, “individuo”, “especie”, “plumas”, “ojos” o “volar” para explicar el comportamiento de la materia. Hablar de “ojos”, de “plumas” o de “volar” es una forma de describir de forma resumida el comportamiento de la materia. Pero la sintiencia es un tipo de cosa totalmente diferente a “ojos” o “volar”. La teoría de la evolución hace descripciones del comportamiento de elementos básicos de información o materia. Introducir en ella la sintiencia, sin mayor explicación, está escasamente justificado.

 

 

Crítica al argumento de la emergencia

Cuando a los argumentos anteriores le añadimos el aspecto de la emergencia de la consciencia, nos encontramos con la misma falacia de petición de principio anterior, combinada con una falacia ad consequentiam de tipo positivo, en el que afirmamos que algo es cierto simplemente porque sus consecuencias son positivas, en este caso, para la perpetuación de los genes. La falacia es de la siguiente forma:

  1. Premisa: La sintiencia emerge de la materia animal.
  2. Al adquirir sintiencia, los animales se ven favorecidos evolutivamente.
  3. Por tanto, la premisa es cierta.

Aun aceptando que los animales podrían verse favorecidos por la sintiencia, esto no implica necesariamente que la sintiencia sea algo emergente. La sintiencia podría ser de otra forma. Por ejemplo, en vez de un emergentismo de la sintiencia, podría existir un inmersionismo de la sintiencia.

Muchos dicen que “La materia crea la sintiencia” o que “La sintiencia emerge de la materia”. La frase ha sido condensada. Lo que la frase realmente quiere decir es “Tengo una absoluta confianza en que la materia existe, y una razonable confianza en que es la materia la que crea la sintiencia”. Pero no es así, es justo al revés: Tengo una absoluta confianza en que la subjetividad existe, y la subjetividad me proporciona una razonable confianza en la existencia de un mundo material. La sintiencia es un hecho, la materia es una hipótesis que emerge de la sintiencia.

 

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Estas críticas me hacen pensar que la consciencia / sintiencia puede ser mucho más disponible / fácil de producir de lo que parece. Todo objeto podría ser en cierto modo consciente / sintiente, hasta los átomos.

Si seguimos insistiendo en que el placer y el dolor tienen un origen evolutivo o una explicación evolutiva “y esto es todo”, entonces tenemos que asumir también que seguramente el placer y el dolor (y/o la voluntad y/o la identidad) son algunos de esos elementos básicos, de alguna forma preexistentes, que participan del proceso evolutivo, y que cualquier sistema basado en información puede adquirir conciencia. Es decir, por ejemplo, que podemos crear en un ordenador, de forma “artificial” (moléculas simuladas) todos los elementos de la evolución natural que conocemos, basada en moléculas: recombinaciones y copias con errores en un contexto de escasez (=evolución). Si asumimos que en el mundo material emerge la consciencia debido a la evolución de dichos elementos, y esto es todo, sería incoherente considerar que en dicha simulación no se produce la sintiencia.

En resumen, la popular idea de la emergencia de la consciencia únicamente en los animales es precipitada, y si además se considera que no se produce en las máquinas o en las simulaciones, es incoherente.

Por ello, creo que el concepto de antiespecismo no es suficiente. Es necesario un “antisubstratismo”. La clave del “humanismo” del futuro (me refiero a la compasión, la consideración moral, la empatía) es el anti-substratismo. Da igual el substrato que genere la conciencia, material o no material. Da igual la especie, da igual animal o mineral, húmedo o seco, animal, robot o simulación… o situaciones mixtas… si se genera capacidad de sentir, de tener intereses, preferencias… entonces existe el individuo y la relevancia moral: ese individuo merece consideración moral.

 

¿Qué es el Anti-substratismo?

“Antisubstratismo” es equivalente a “Antiespecismo”, referido en este caso a la idea de substrato en vez de a la idea de especie. Es injustificado discriminar moralmente según el substrato que soporta la consciencia (entendida en este caso como la capacidad de sentir, de tener intereses), lo mismo que es injustificado discriminar moralmente según especie (especismo), raza (racismo), sexo (sexismo), etc.

 

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¿Sobre quién recae la carga de la prueba?

Podemos declarar toda suerte de cosas cabales o inverosímiles, pero para que una aseveración sea tomada en cuenta seriamente debe estar soportada por evidencias, o ser por sí misma auto-evidente. Es decir, todo aserto tiene la carga de la prueba. Ante la pregunta general “¿Quién tiene la carga de la prueba?”, la respuesta general es: todas las tesis (y todos sus autores de las tesis) tienen la carga de la prueba.

Ahora bien, cuando se habla acerca de “quién tiene la carga de la prueba” habitualmente se hace referencia al caso particular en el que, existiendo una expresión y su contraria (la opuesta), y teniendo una de ellas suficientes o bastantes evidencias y la otra pocas o ninguna, le corresponde al autor del segundo enunciado (falto de evidencias) mostrar éstas.

El clásico “affirmanti incumbit probatio” quiere decir que dentro de una discusión corresponde a quien afirma demostrar la existencia de lo afirmado. En este contexto existe una terrible confusión con la palabra “afirmación”. Es una palabra que no he usado en los párrafos anteriores, empleando en su lugar sinónimos como: declaración, aseveración, aserto, tesis, expresión o enunciado. La confusión consiste en creer que la palabra “afirmación” implica una declaración de algo que existe o sucede, en positivo. Tal como explica esta entrada de Wikipedia consultada en agosto de 2017: “No debe confundirse la afirmación como acto de reconocimiento de una verdad enunciada, con el hecho de que dicho enunciado sea gramaticalmente afirmativo o negativo. Una negación sigue siendo, bajo el punto de vista lógico, una afirmación. La afirmación puede ser enunciada tanto afirmativamente como negativamente”.

El que afirma debe mostrar las evidencias de lo afirmado, y esto se aplica a todas las afirmaciones, ya sean gramaticalmente afirmativas o negativas. Esta idea también es mencionada en la siguiente entrada de Wikipedia consultada en agosto de 2017: “El onus probandi (‘carga de la prueba’) es una expresión latina del principio jurídico que señala quién está obligado a probar un determinado hecho ante los tribunales. El fundamento del onus probandi radica en un viejo aforismo de derecho que expresa que «lo normal se entiende que está probado, lo anormal se prueba» […] el onus probandi significa que quien realiza una afirmación, tanto positiva («Existen los extraterrestres») como negativa («No existen los extraterrestres»), posee la responsabilidad de probar lo dicho”.

Es decir, la carga de la prueba no siempre recae en quien afirma que algo existe o sucede (en positivo). También puede recaer en quien afirma que algo no existe o no sucede. Por ejemplo, yo puedo afirmar “yo existo” o “la silla en la que estoy sentado existe”. Disponiendo de evidencias de ambas cosas, si mi interlocutor afirma lo contrario, es decir “tu no existes” o “la silla en la que crees que estás sentado no existe”, será él quien tenga que aportar argumentos de sus afirmaciones gramaticalmente negativas. En resumen, en el caso de dos afirmaciones opuestas, la carga de la prueba recae sobre aquel que expresa aquella idea con mayor incertidumbre (menor certidumbre). Otro ejemplo: “El sol saldrá mañana” es una afirmación que se aproxima a la certidumbre absoluta, por lo que en el caso de dos afirmaciones opuestas, quien debe soportar la carga de la prueba es quien diga “El sol no saldrá mañana”.

Si alguien afirma que hay una tetera de porcelana que girando alrededor de Marte, es a dicha persona a quien le corresponde argumentar en favor de dicha aseveración, pero no porque se trate de una aseveración gramaticalmente afirmativa, tal como he comentado, sino porque se trata de una declaración arbitraria, y lo razonable es pensar que es más probable la no existencia de dicha tetera que lo contrario.

Dado que el debate sobre la “carga de la prueba” es una cuestión de disponer de más o menos evidencias, en muchos casos no habrá un claro ganador, y ambos tendrán la “carga de la prueba”, aunque es posible que uno más que otro.

Por ejemplo, sabemos que una de cada 25 personas es portadora del gen que produce la fibrosos quística.

Si tomamos una persona X al azar y

– A dice que X posee el gen que produce la fibrosos quística

– B dice que X no posee el gen que produce la fibrosos quística

la carga de la prueba recae sobre A (quien afirma que algo existe).

Pero si tomo las 3.000 personas que fueron al último concierto de David Bisbal en Almería y

– A dice que al menos una de ellas posee el gen que produce la fibrosos quística

– B dice que ninguna de ellas posee el gen que produce la fibrosos quística

la carga de la prueba recae sobre B (quien afirma que algo no existe).

Ahora bien, si un cantante de menor éxito únicamente reunió a 20 o 30 asistentes a su concierto, ambas afirmaciones tendrían claramente la carga de la prueba, que será mayor o menor en función de la mayor o menor incertidumbre de la afirmación.

En resumen, todas las afirmaciones deben ser probadas, tanto más cuantas menos evidencias tengan, y ya sean afirmaciones afirmativas o negativas. Éste no es un asunto binario en el que uno tiene la carga de la prueba y el otro no, sino que una afirmación tendrá más o menos evidencias y por tanto menos o más “carga de la prueba”. Cuando muchas evidencias se acumulan en una afirmación (afirmativa o negativa) y pocas o ninguna en la contraria, es cuando decimos que la segunda tiene la carga de la prueba, pero en realidad ambas la tienen.

A veces este debate se mezcla con la idea de que nada puede ser probado del todo y mucho menos las afirmaciones sobre la no existencia de algo, o con la idea de que las evidencias se obtienen a partir de algún tipo de prueba positiva. Dadas dos afirmaciones opuestas, podremos acumular evidencias para una u otra. Ninguna será totalmente definitiva y si una de las dos acumula muchas y/o buenas evidencias y la otra ninguna, o muy pocas y débiles, diremos que la carga de la prueba recae en la segunda afirmación, pero solo como una forma de establecer una valoración global en relación a cuál de las dos es más débil que la otra.

En el caso de las afirmaciones sobre el gen de la fibrosis quistica y las 3.000 personas que asistieron al concierto de David Bisbal, supongamos que las evidencias se obtienen únicamente a partir de las pruebas genéticas de la existencia positiva del gen. Inicialmente la tesis más probable será la que afirma, en base a la información conocida, que “al menos una de ellas posee el gen que produce la fibrosos quística”, pero si a medida que realizamos test genéticos, uno por uno, observamos la ausencia del gen, cuando nos queden 12 personas por analizar (menos de la mitad de 25), la carga de la prueba se habrá invertido y la tesis más probable será ahora que “ninguna de ellas posee el gen que produce la fibrosos quística”.

En el caso de la afirmación “El Dios cristiano descrito por la Biblia existe” o cualquier otra afirmación relativa a seres divinos o mitológicos concretos, específicos, descritos por alguna de las 4200 religiones vivas en el mundo o alguna de las ya extintas, es a quien realiza dicha afirmación sobre quien recae la carga de la prueba. Pero esto no quiere decir que no tengamos absolutamente ninguna evidencia en favor de la primera hipótesis, por leve que sea. Si alguien experimentara que el dios cristiano le habla en sueños o en algún estado alterado de conciencia, podríamos contabilizar esta experiencia como una leve prueba a su favor, de la misma manera que si alguien cree ver un pingüino en el polo norte podemos dar un cierto peso a dicha percepción, aún cuando lo más razonable sea pensar que no hay pingüinos en el polo norte y que el dios cristiano es una invención.

A pesar de ello, por otra parte, si alguien afirmara que existe “algún tipo de ser superior o sobrenatural que es de alguna forma creador o responsable del universo que conocemos” y otro afirmase lo contrario, me parece que no podemos establecer un claro ganador en la batalla por evitar la carga de la prueba.

En el caso de la afirmación “Los seres con sistema nervioso central operativo poseen sintiencia”, la carga de la prueba recaería sobre quien afirmase lo contrario, ya que existen abrumadoras evidencias de que los seres con cerebro sienten. Sin embargo, si alguien afirmase P1: “Los seres sin sistema nervioso central operativo no poseen sintiencia” y otro afirmase lo contrario, es decir, P2: “Hay seres sin sistema nervioso central operativo que poseen sintiencia” considero que no existe un claro ganador, y aún cuando concediéramos más validez a la premisa P1 que a la P2, debemos reconocer que el nivel de certeza (poca) que tenemos en este asunto (sobre la sintiencia o no de los seres sin cerebro) no es comparable a la certeza (mucha) que tenemos en cuanto al asunto de la sintiencia en los seres que sí tienen cerebro.

Por supuesto, las afirmaciones (positivas o negativas) sobre algo que no existe se encuentran en general desventaja sobre las afirmaciones (positivas o negativas) de algo que sí existe. Por ejemplo, si la tetera de porcelana existiera, podría ser más sencillo localizarla y mostrar pruebas de su existencia que, no existiendo, mostrar indicios de su no existencia. Pero no siempre ha de ser así. Por ejemplo en las afirmaciones sobre la existencia o no del gen de la fibrosis quística en una persona, basta con hacer el test y comprobar el resultado. La afirmación sobre la no existencia del gen no se encuentra en desventaja respecto de la afirmación sobre la existencia del gen.

Si bien es cierto que, tal como en el ejemplo de “Un dragón en el garaje” de Carl Sagan, demostrar en un debate y con rotundidad la no existencia de una entidad puede volverse una tarea imposible si a cada intento de refutación le sigue una adaptación de las características de dicha entidad para evitar las implicaciones de cualquier prueba física, esto no impide demostrar razonablemente la no existencia del dragón invisible, esto es, asignar mayor probabilidad a la no existencia de dicho fantástico dragón, recayendo la mayor carga de la prueba sobre quien afirma que existe.

Muchas confusiones relacionadas la carga de la prueba están originadas por la categorización binaria de las afirmaciones entre las aceptables y las no aceptables. Sin bien esto puede ser algo práctico, una concepción más bayesiana del concepto de evidencia, en el que no se manejan verdades que en la práctica se consideran absolutas, sino afirmaciones con mayor o menor grado de certeza, se ajusta mejor al conocimiento que realmente tenemos. Así, ninguna teoría sería considerada como totalmente verdadera, sino “la mejor que tenemos por el momento”, y ninguna afirmación estaría totalmente exenta de la “carga de la prueba”.

 

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¿Cómo funciona el mecanismo que ignora la sintiencia de los animales no humanos?

Hasta aquí he explicado en diversos pasos cómo funciona el mecanismo que permite reconocer la sintiencia en otros seres. Es evidente que este mecanismo nos permite reconocer la sintiencia en multitud de animales no humanos. Sin embargo muchos humanos (la mayoría, de hecho) ignoran sistemáticamente la sintiencia de infinidad de animales ¿Cómo es esto posible? En este artículo exploro algunos posibles motivos.

 

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A modo de resumen y reflexión final

  • ¿Cómo reconocemos la sintiencia? Mediante el parecido o cercanía.
  • ¿Por qué? Porque es la forma en la que podemos hacerlo fácilmente, según el “principio de la farola encendida”. Pero esto no quiere decir que sea la mejor forma de hacerlo.
  • ¿Cómo deberíamos reconocer la sintiencia? La prioridad debería ser reconocer la sintiencia de los seres que más sufren.
  • ¿Por qué? Porque los seres que más sufren son quienes más necesitan de nuestra consideración moral.

 

Adicionalmente, y teniendo en cuenta que:

  • El origen de la consideración moral es la evolución, y
  • la evolución es un caso particular de una manifestación que podríamos describir como la tendencia de las cosas hacia la estabilidad, la inercia o la recurrencia, la cual
  • responde a nuestra forma de observar y conceptualizar la realidad

entonces, nuestra consideración moral está injustamente limitada, no solo a los objetos que de una u otra forma son parecidos a nosotros, tal como se ha explicado aquí, sino que también está injustamente limitada a los objetos que somos capaces de identificar.

El “principio de estabilidad, inercia y recurrencia” fue publicado por primera vez en 2002 en la revista REDcientífica en esta dirección (ahora inaccesible):

www.redcientifica.com/doc/doc200205200001

estando ahora disponible en esta nueva dirección:

http://www.redcientifica.org/evolucion_estabilidad_inercia_y_recurrencia.php

y también en el libro “Arena Sensible”

 

El principio ha sido citado en:

 

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Sobre el artículo

Comencé a escribir este artículo comenzó en cierto modo como una réplica al siguiente artículo con la misma temática en “Ética animal“:

http://www.animal-ethics.org/criterios-reconocer-sintiencia/

Ética Animal identifica tres tipos de criterios para reconocer la sintiencia, que son (1) conductuales, (2) evolutivos, y (3) fisiológicos. Estoy de acuerdo con esos criterios. En mi artículo lo que pretendo completar aquí algunos aspectos que considero relevantes en cuanto a cómo han surgido esos criterios y porqué los elegimos. Considero que todos los criterios se basan de una u otra forma en la cercanía o parecido. La pregunta “¿cuáles son los criterios?” es la que responde el artículo de Ética Animal. La siguientes preguntas que creo que debemos hacernos son “¿por qué?”; “¿cuáles deberían ser?” y “¿por qué?”, y eso es lo que trato de empezar a responder en este artículo, que siento que sigue siendo incompleto.

La clave para reconocer la capacidad de sentir (la sintiencia) dependerá, evidentemente, de aquello a lo que consideremos “sentir”. Parece lógico definir primero el “sentir” o “sintiencia” y luego hablar de cómo reconocer dicha sintiencia. Este artículo inicialmente estaba titulado como “¿Qué es la sintiencia y cómo reconocerla?” pero he preferido separarlo en dos. Las definiciones de sintiencia y subjetividad (consciencia) las he dejado finalmente en este otro artículo:

http://www.redfilosofica.org/definicion_de_sintiencia_y_subjetividad.php

 

[1] https://www.academia.edu/30692043/Sintiencia_en_m%C3%A1quinas

[2] https://es.wikipedia.org/wiki/Materialismo

[3] http://www.animal-ethics.org/problema-consciencia/

Posted by Manu Herrán

Research associate at the Organisation for the Prevention of Intense Suffering (OPIS).

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